• Barcelona se rindió a los pies de Roly Porter y Paul Jebanasam

    Barcelona se rindió a los pies de Roly Porter y Paul Jebanasam
    Fotografía: Alba Rupérez

    Unidos, forman ALTAR, un proyecto en el que llevan la experimentación del sonido al límite

    Las voces entendidas de la escena coincidían en los días previos y lo anunciaban al unísono: iba a ser uno de los mejores eventos de la historia del Ciclo DNIT. Y no es fácil lograrlo. Hay que tener en cuenta que venimos de actuaciones estelares como las de Robin Fox, Samuel Kerridge o Pan Daijing. Cada una, magistral en lo suyo. Ninguna, tan épica y heroica como la de Roly Porter y Paul Jebanasam.

    Las dos caras más visibles del sello Subtext decidieron unir fuerzas para crear ALTAR, un proyecto en el que llevan la experimentación de los distintos espectros sonoros a límites jamás alcanzados por otros artistas. El vestíbulo del CaixaForum, una vez más, presentaba un aspecto de goce absoluto y centraba toda su atención en estos dos geniales virtuosos del sonido y de la producción musical avanzada.

    A caballo entre el noise y el ambient, la potencia de ALTAR empezaba a calar en las venas del público. Detalles melódicos recordaban a una épica ópera lejana y comenzaban a avisar a nuestros sentidos de que nada de lo que iban a percibir durante la siguiente hora iba a ser previsible. El bass empezó a jugar su papel, alternando secuencias de 1x2 (un drum cada dos beats) con secuencias de 1x1 (un drum por cada beat) y con otras de ensordecedora bassline sin drum o kick alguno.

    Los detalles melódicos empezaron a virar hacia tonos que recordaban al techno, primero, y al trance melódico más propio de la llamada new age italiana, después. El juego de echoes, delays y resonancias parecía aleatorio, aunque no hace falta tener mucho ingenio para deducir que no lo era. La aplicación de cada uno de los efectos se percibía exageradamente sofisticada, a siglos de distancia de lo que estamos acostumbrados a escuchar en un club de baile.

    A medida que pasaban los minutos, la intensidad del resultado final iba aumentando, una intensidad progresiva y siempre ascendente que terminó alcanzando límites inimaginables. Ni una sola secuencia, ya fuera de base o de tonalidad media, se repetía en más de un par de compases. A la que un simple sonido resultaba familiar y permitía un ligero movimiento, desaparecía. Era imposible dejarse llevar. La total atención del público era constantemente requerida por el dúo de eruditos y ese humo rojizo que trasladó a Barcelona a otra dimensión durante casi una hora. Y, como respuesta, Barcelona se rindió a los pies de Roly Porter y Paul Jebanasam.