• Berlin Atonal 2018: el día a día de la perfección hecha realidad

    Berlin Atonal 2018: el día a día de la perfección hecha realidad
    Fotos: Frankie Casillo, Helge Mundt, (Berlin Atonal)

    Música, sonido, imagen, iluminación, ubicación, programación, ambiente… todo fue sencillamente perfecto de miércoles a domingo en el Kraftwerk de Berlín

    Había pasado mucho tiempo desde la última vez que aquel mariposeo de inquietud y nerviosismo hizo acto de presencia antes de viajar a un festival. Siete años, concretamente. Las artes experimentales y los géneros de vanguardia ganan poco a poco terreno en el espectro sonoro de la música electrónica contemporánea. No es su objetivo, ni mucho menos, pero ello no evita que sea una realidad innegable. Eventos como Sónar, MUTEK, Mugako, MIRA, Teorema, Paral·lel y el Ciclo DNIT son buena prueba de ello. Sin embargo, no nos satisficimos con toda esa oferta y, el último fin de semana de agosto, volamos a Berlín para, durante cinco intensísimas jornadas, vivir prácticamente dentro del Kraftwerk, una nave industrial moderna de amplísimo tamaño, laberínticas escalinatas y recónditas salas a cada cual más singular. Durante cinco días, los más punteros nombres del subsuelo vanguardista se concentrarían ante el que podría ser, sin ningún problema, el público más atento, entendido y respetuoso, a la par que numeroso, del planeta. Todo estaba preparado para la edición 2018 del prestigioso Berlin Atonal.

    Día 1: Astrid Sonne nos enamora, Robin Fox nos hipnotiza y TUTU nos destroza

    Corrían las seis de la tarde y el jardín del Kraftwerk ya abría puertas para que los periodistas acreditados pudiésemos comenzar a preparar nuestro material, reconocer el terreno y estudiar los mapas y horarios (aunque estos últimos ya nos los sabíamos casi de memoria). El Main Stage del festival no abriría hasta las ocho de la tarde, pero, antes, el Stage Null, situado en la planta 0 de la nave (de ahí su nombre) nos aguardaba con el opening set de David Morley, un live en el que bases y hi-hats rotos, un bajo de fuerte pegada, ciertos toques ácidos, momentos de puro ambient y un resultado global a caballo entre el techno industrial y el IDM nos daban la bienvenida y el primer aviso de que habíamos venido a jugar duro. Tras Morley, se abrieron las escaleras que nos permitieron acceder al piso superior, donde cuatro imponentes bananas y una fila de 12 subgraves aguardaban al público y a la primera artista revelación del fin de semana. La alemana Astrid Sonne presentó en directo Ephemeral, un show ambient en el que un intenso y recortado sintetizador hipnotizó al público antes de que la performer, junto a otras tres vocalistas, cerrara el acto acapella. Llevábamos dos shows y nuestros sentidos ya se sentían superados.

    OHM es una pequeña sala algo escondida, con una barra en el centro y la cabina en una esquina. El aspecto era más bien el de un baño, salvo por la iluminación roja y oscura. Allí, DJs y live acts de diferente índole se sucedían durante todo el fin de semana. Aquí, actuaba nuestra única representante española. Hablamos de la barcelonesa TUTU, quien abría el festival. Y lo hacía con un set de dos horas que arrancó con noise industrial que, por momentos, incluso podría conducir al drone, acompañado siempre de melodías psicodélicas que le daban un aire muy mental a la sala. El ‘Love Again’ de Felix Cage, remezclado por Souldust, fue uno de los momentos más épicos. Más de 120 minutos después, TUTU había mezclado todo tipo de estilos aparentemente aleatorios, pero con una clase y una maestría impropia de una DJ tan joven y poco experimentada. Ella consiguió que todo pareciese lógico y normal. Ella consiguió que algo que a primera vista podía parecer una osadía tuviera pies y cabeza. Ella lo dotó todo de sentido, de coherencia, de solidez, de lógica narrativa.

    El show de Jay Glass Dubs (dark ambient con una base noise fija) en el Null, el live de Beatrice Dillon (ritmos micro y dub muy acelerados) y el dj set de Lena Willikens (bastante lineal, de rápidas transiciones y con ritmos experimentales de cariz jungle) en OHM y el live de PTU (bass techno constante y regular, interrumpido muy de vez en cuando y de manera brusca por vocales ensuciadas) y el dj set de Photonz (techno acompañado de vocales profundas de carácter épico) en el mítico Tresor no desviaron nuestra atención. Y sí, hablamos de Tresor, de la legendaria bóveda reconvertida en un club de larga duración en el que la humedad, el calor y la demencia nocturna se dan cita cada fin de semana hasta altas horas de Dios sabe cuándo. Los asistentes a Atonal obtienen cada año acceso gratuito a dicha sala y a Globus, el salón complementario. Todo pertenece a la estructura del Kraftwerk.

    En realidad, nosotros estábamos centrados en el Main Stage, donde, tras los shows de Lucrecia Dalt presentando ‘Synclines’ (set de puro ambient con láseres sutiles) y Mohammad Reza Mortazavi junto con FIS (percusión en vivo y poco más), nos esperaba el suculento laser show del australiano Robin Fox, de quien ya hablamos a finales de 2017 con motivo de su visita a Barcelona. Fox presentaba ante Berlín su obra ‘Single Origin’, en la que un único ojo de luz proyecta en forma de láser la misma señal eléctrica que el sistema de sonido convierte en música; un agradable y a la vez desesperante repertorio que ganaba magnitud con la profundidad de una nave que permanecía inmóvil y silenciosa ante tanto sonido superpuesto.

    Día 2: Lanark Artefax, Neon Chambers y los primeros bailes en el Main Stage

    Tras su inolvidable aparición en Sónar Barcelona, Lanark Artefax se convertía en el favorito para llevarse el 'MVP' de este Atonal. Y así fue. El listón había quedado alto en la jornada de miércoles y el jueves tampoco había empezado muy tranquilo. La sueca Klara Lewis nos había regalado, una vez más (ya lo hizo en MUTEK Barcelona 2017), un delicioso y dulce viaje a base de ambient con drones y cierto noise, vocales profundas y heroicas y un trabajo visual a través de varias flores, extraños tejidos y, finalmente, una mujer disfrutando del agua marina. El Main Stage había quedado envuelto por su bajo y enamorado por todo lo demás.

    Cura Machines y su guitarra unieron fuerzas con el soberbio visualista Rainier Kohlberger para hacer sonar techno por primera vez en el Main Stage, aunque necesitaron más de 30 minutos de dark ambient y algún que otro hechizo visual para llegar a ese punto. Lo mismo sucedió con Neon Chambers, unión de Kangding Ray y Sigha. Ellos fueron la gran sorpresa del día. Se presentaron con dark ambient acompañado de bases rotas antes de dejar que el techno experimental, los flashes (desconocidos hasta entonces) y el humo provocaran algún que otro aullido en la sala.

    Todo, antes de que el británico Lanark Artefax apareciera misteriosamente tras sus cortinas opacas. Situado, como de costumbre, en una esquina del escenario y suplido por un pequeño panel vertical que reclamaba toda la atención, el rey del IDM dejó atónito a nuestro organismo rompiendo todo esquema musical previsible, reventando cualquier aproximación de lo que debería ser la música de baile. Lanark es único. Él concibe la música electrónica de forma diferente, única, exclusiva. Él lo ve todo desde el otro lado. Lo construye desde el otro lado. Lanark es puro talento que encuentra lógica donde otros sólo oyen ruido. En Atonal, todos estábamos con él. Todos le alzamos y le aplaudimos hasta el último suspiro de su live. Todos vibramos con cada una de sus interpretaciones. Todos lloramos con ‘Glasz’. Todos temblamos con ‘Touch Absence’. Todos nos pellizcamos para comprobar si aquel cierre intergaláctico era o no era real. Lo fue.

    Era difícil volver a la Tierra tras aquello, pero tocaba bajar al Null para presenciar, por lo menos, el inicio de la fiesta del sello Drift. La abría Alessandro Adriani, otro que no tuvo reparo en arrancar con ambient durante mucho rato antes de dar paso a una primera base techno que mantuvo hasta casi el final de su directo, dotándolo de un cariz industrial y melódico y aumentando muy lenta y sutilmente los bpm’s. Se suponía que eso era sólo un calentamiento antes del siempre llamativo concierto de Le Syndicat Electronique (ya saben, electrónica noventera, back to the roots), pero lo cierto es que lo superó con creces.

    Día 3: bailando desde el principio hasta el final

    Como si tuviéramos una bola de cristal, el jueves decidimos ir a dormir a una hora prudencial, temiendo la que nos podía caer encima el viernes. Qué bien hicimos… Tras un primer show de sonidos experimentales, pero ya bastante bailables, a cargo de Esi y Octachoron, Chevel decidió poner el Main Stage patas arriba antes de hora con un directo de constante baile exigente, cambios de estilo muy marcados (incluso con las vocales) y alguna que otra base trancera.

    El gran Pariah (quien conforma Karenn junto a Blawan) fue el único que aportó algo de paz al asunto con su nuevo live de puro ambient llamado ‘Here From Where We Are’. Si conocéis la música de Nils Frahm, podréis haceros fácilmente a la idea de lo que el británico se trae entre manos. El ‘Pure Expenditure’ de la artista Hiro Kone también fue mucho más agresivo de lo que esperábamos. Ideal para dejarnos a punto de caramelo para el ‘platazo’ del día. ¡Yes! Regis y Surgeon volvían a Alemania más de una década después. Era el regreso de los British Murder Boys a la casa del techno. Y sí, durante una hora, el Main Stage del Berlin Atonal se dejó las suelas a base del techno más industrial, agresivo y demente que uno pueda imaginar. Regis al micrófono, incluido. Una ecuación destructiva, demencial, diabólica, que no supimos responder más que con baile, griterío y mucho, mucho sudor.

    Aquello había sido una absoluta exhibición; bien podríamos irnos ya a casa… de no ser porque una tal Courtesy (en su vertiente más techno) y otra tal Helena Hauff (empezó a 134 bpm y terminó pinchando electro a 140 bpm) iban a poner vinilos en Tresor, mientras el sello Downwards, pionero en la vanguardia artística, celebraba 25 años de música y vida en el Null. En dicha fiesta estuvieron los Giant Swan (daba gusto percibir el constante cambio de base y cómo esos dos tipos se entregaban a su música), el gran mito Paradox (pocos mezclan drum ‘n bass y jungle con melodías deep con tanta clase como lo hace él), el propio Regis, que hacía doblete, y, cómo no, el ‘capo’ del sello, don Samuel Kerridge. Hay que reconocer que esperábamos una actuación mucho más basada en el IDM que en el techno, pero nos dio lo contrario. También es cierto que a las siete y media de la madrugada, la gente necesita bailar y dejarse de sutilezas. Aun así, un último vinilo de cierre hizo las delicias de aquellos que seguíamos con la antena puesta hasta el final.

    Día 4: Sorpresas y decepciones a partes iguales

    Sabor agridulce. Así nos quedamos el sábado al terminar. Y eso que todo arrancó de perlas con Prequel Tapes, un directo de melodic techno con largas transiciones ambient y algún que otro momento de techno industrial que acompañaban a la puesta en escena más espectacular del fin de semana. Un delgado y extraño ser, que resultó ser un hombre, fue escapando poco a poco del huevo de plástico que parecía haberle traído a la Tierra. Evolucionó junto a la música, hasta que terminó transformándose en lo que muchos son hoy en día: un hombre trajeado y con maletín. Uno de tantos.

    El dúo alemán Kolorit, formado por Lowtec y Kassem Mosse, mantuvo las bases, pero viró hacia el techno más ambiental, sutil, elegante, bonito, limpio, aunque seguramente contaron con los visuales más flojos del certamen. Su show y el ©ont de Leslie Winer, Misst’inkiette y Maeve Rose se postulaban como dos grandes imperdibles, pero dejaron qué desear. ©ont era bailable, pero extremadamente deep y extremadamente lento. El gran final de base trip-hop con el ‘Glory Box’ de Portishead no compensó. Sí lo hizo el espectáculo dado por Claude Speeed en el penúltimo show del día en el Main Stage. El trabajo de Sasha Litvintseva y Beny Wagner en los visuales y la iluminación sumaron mucho a una experiencia muy emotiva. Lo que veían nuestros ojos se adaptaba milimétricamente a los sonidos trance, ambient y noise que se iban sucediendo. Soberbio.

    El británico Actress, otro de los peces gordos del subsuelo, era el encargado de cerrar el día en el piso superior. Empezó y terminó con ambient, como suele hacer siempre; un ambient bellísimo sólo a la altura de los más grandes. Una gran estatuilla simulaba el premio de los Óscars y giraba lentamente sobre sí misma mientras algunas percusiones y algún que otro kick de potente base hacían temblar al Kraftwerk entero y nos hacían ser conscientes de la gran potencia de graves que teníamos a nuestro alrededor.

    ¿Qué plan había para la noche? En Globus, la sala complementaria de Tresor, nos esperaba la fiesta del sello Contemporary Hardcore. Allí, actuaría también en formato DJ Actress, justo después de Konx-om-Pax. ¡Qué bien nos lo pasamos con este último! El tipo navegaba entre el jungle, el hardtek y la makina sin apenas esfuerzo (y sin un mínimo error). El ‘Dagon’ de EOD y el ‘Hallelujah’ de Scott Brown y DJ Pleasure quemaron especialmente suela antes de que nos volviéramos al Null. Allí, nos esperaba el mayor desastre del fin de semana. Unían fuerzas por primera vez sobre un escenario Shifted, Broken English Club e Ilpo Väisänen. En nuestra previa os dijimos que era uno de nuestros imperdibles, pero bien podríamos habérnoslo ahorrado. Fue un absoluto desastre. Nada sonó cuadrado. Nada encajó. Nada tuvo sentido, ni pies, ni cabeza. Sólo unos pocos aplaudieron. No se puede decir lo mismo de Aasthma, el estreno de la unión de Pär Grindvik con Peder Mannerfelt… y con una serie de animalicos que danzaban por el escenario a su libre albedrío (haciéndose selfies con el flash activado y todo, imagínense el panorama). Aunque el desastre no fue apocalíptico, no nos hizo olvidar el mal sabor de boca del rato anterior, pese a cerrar con un techno experimental de alta gama. La noche la cerraba en formato DJ el escocés Optimo y eso ya sí que no podía fallar. ¿Se imaginan juntar vocales house con ritmos 100% experimentales y bases rotas y descompensadas? Es Atonal, así que todo vale. Optimo sacó sus galones a relucir.

    Día 5: el cierre por todo lo alto que merecía el festival

    No queríamos que Atonal terminara, así que entramos a primerísima hora para aprovechar al máximo la última jornada. Cada tarde, antes de que el Main Stage abriera, el Stage Null acogía una sesión de screening en la que se proyectaba un filme acompañado por la interpretación en vivo del soundtrack. Disfrutamos del live sonoro de Ena junto a ‘Bridge’, la historia del nacimiento, fabricación y colocación de un gran puente en China. Nunca la música hizo de algo tan cotidiano una gran historia de emocionante final.

    Aunque, para emociones fuertes, las de la italiana Caterina Barbieri. El drone ambient con guitarra de Kassel Jaeger y Stephen O’Malley como introducción al Main había estado bien, pero nadie puede hacerle sombra a Barbieri. Ella es la mejor, la única capaz de hacer que el ambient (sí, el ambient) se baile. El sintetizador es su llave maestra, su principal instrumento, su principal sonido, su alma. Los visuales de Ruben Spini, excelsos y a la altura de las circunstancias, nos transportaban junto a la intensidad de Barbieri a un mundo de paz y mucha, mucha armonía. Todo estaba en sintonía. Barbieri transmite sosiego. Con ella cerca, parece que nada pueda salir mal.

    El festival tenía preparada una sorpresa de última hora. Anthony Child (nombre real del gran Surgeon) iba a reaparecer de nuevo, esta vez junto a Daniel Bean bajo el alias The Transcendence Orchestra. Su proyecto ambient es solitario, heterogéneo, cambiante. Sólo dos cirios e incienso ambientaban un Main Stage que quedaba ensordecido por las basslines más contundentes que uno pueda imaginar. Aquello superó toda expectativa, como lo hizo también el acto de group A junto a Dead Slow Ahead. Cuando ya algunos bostezábamos y empezábamos a estudiar el timetable, todo cambió y la apoteosis y el clímax llegaron en forma de bassline salvaje (sí, todavía más que la anterior) y de violín (sí, un violín cuyas cuerdas producían ¡¡noise!! al ser fregadas). Berlín se frotaba los ojos.

    El trío Outer Space (ambient con algún que otro bajo techno muy casual y unas bases complejas) y el show ‘next time, die consciously (بیگانگی)’ de LABOUR (percusiones bruscas y experimentales con mucho noise y juego de ecos y delays repartidos por toda la nave) arrancaron una sonada y muy larga ovación del público a los artistas, a la organización y a todo el festival en su conjunto. Y eso que aún quedaban dos dj sets cargados de drum ‘n bass (un género al parecer muy vivo en la capital alemana) firmados por Skee Mask y el gran Objekt.

    Así se daba por concluida esta edición de Berlin Atonal. No hay etiquetas que valgan. No hay tapujos. No hay prejuicios. No hay temores al rechazo. No hay aversión al riesgo. Esto es Berlín. Esto es el Atonal. Aquí hemos venido a jugar, a probar, a demostrar hasta dónde puede llegar la girada de tuercas de cada uno en su estudio. Atonal abre las fronteras estilísticas de cualquiera. Atonal demuestra que hay un más allá en el terreno de la música, la danza, la producción, la performance. Atonal demuestra que todo es mucho más complejo de lo que parece. O mucho más sencillo. Atonal demuestra que el respeto por el artista existe. Atonal demuestra que el público curioso, interesado y culto está ahí. Y quiere seguir aprendiendo. Porque la gente acude a aprender, a descubrir, a dejarse emocionar. Gracias, Berlín. Gracias, Atonal. Muchas gracias.